Posiblemente sea el concepto de
“clásico”, uno de los más
controvertidos a la hora de hablar acerca de literatura. La historia
del término y de sus transformaciones conceptuales da cuenta,
asimismo, de un proceso complejo donde han intervenido aspectos tan
diversos como la gramática, la estética, la historia y hasta el
propio azar.
Aulo Gelio fue el primero en utilizar
ese término, tomándolo de la historia antigua de la propia Roma.
Servio Tulio, uno de los últimos reyes legendarios de la Ciudad,
organizó la sociedad romana agrupando a sus miembros en cinco clases
sociales según la renta de que dispusieran. En las “Noches
Áticas”, Aulo Gelio imagina una conversación sobre literatura y
autores antiguos con su amigo Frontón, quien le dice en un momento
dado:
“Classici” dicebantur non omnes, qui in quinque classibus
erant, sed primae tantum classis homines, qui centum et uiginti
quinque milia aeris ampliusue censi erant. “Infra classem” autem
appellabantur secundae classis ceterarumque omnium classium, qui
minore summa aeris, quod supra dixi, censebantur. Hoc eo strictim
notaui, quoniam in M. Catonis oratione, qua Voconiam legem suasit,
quaeri solet, quid sit “classicus”, quid “infra classem”.
(Gel. 6,13)
No se llamaba “clásicos” a todos los que estaban en las cinco
clases, sino tan sólo en la primera, Por su parte, se
llamaban infra classem a los de la segunda clase y el resto,
aquellos que estaban censados por una cantidad menor de dinero que la
arriba citada. Por ello, he escrito esta breve nota, porque en el
discurso de Marco Catón, suele
preguntarse qué es classicus y qué infra classem.
(trad. de F. García Jurado)
la metáfora que traslada el término classicus del ámbito
social y económico al literario hace también lo propio con el
término proletarius. Mientras el primero de ellos adquiere
una valoración positiva, el segundo ocupa la parte negativa,
relativa a los autores de menor nivel. Un buen autor es un classicus,
no un proletarius.
los humanistas,
excelentes lectores de Gelio, rescataron el termino para adaptarla a su nuevo
contexto literario y cultural. Aparece de nuevo en uno de los
diálogos de Luis Vives que
tiene lugar mientras los personajes visitan una escuela y biblioteca
ideales.
En dicha institución son classici
los autores mejores , los elegidos por los gramáticos
para su estudio. .Esta circunstancia renovará el uso de “clásico”, que dejará
ya de relacionarse con la antigua classis de la vieja
jerarquía social romana. Del sentido de “la clase de los mejores
autores” se pasa a la idea de los “autores que se leen en clase”,
los escolares, como categoría estética e independientemente de la
época y la lengua en que se inscriban.
El uso del término permanecerá tal
cual hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando “clásico” dé un
nuevo giro y adquiera una dimensión histórica, tanto para referirse
a los mejores autores de una literatura, hecho que está muy en
consonancia con la construcción de la categoría historiográfica de
“Siglo de Oro”, como para designar, por antonomasia, a los
autores grecolatinos.
La vieja oposición entre “clásicos”
y “proletarios”, o entre autores buenos y malos, se va a ver
profundamente alterada cuando al término “clásico” se le
oponga, a comienzos del siglo XIX, un nuevo término, el de
“romántico”.
Dos grandes cambios vienen al calor de
este nuevo estado de cosas: el primero de ellos es la nueva
valoración, ahora peyorativa, de “clásico” frente a
“romántico”; el primer término continúa ligado a lo antiguo,
pero esta vez la Antigüedad ya no es sinónimo de lo bueno, frente
al nuevo culto que emerge ante lo moderno. En segundo lugar, ya hemos
referido que lo clásico ya no se liga a unos autores, sino a una
literatura en especial, la grecolatina.
A lo largo de los años cuarenta y
cincuenta del siglo XX observamos que se publican algunas obras de
gran alcance en torno a la reflexión del concepto de clásico y del
sentido de la Tradición clásica en un nuevo contexto postcolonial
donde cada vez se cuestiona más la legitimidad del legado cultural
europeo. Tras la Segunda Guerra Mundial, en la década de los años
40 del siglo XX, no es casual que varios autores reivindiquen las
raíces grecolatinas de la cultura europea, probablemente como
consecuencia de la profunda crisis en la que ha entrado la que, desde
Goethe, conocemos como “cultura burguesa”.
Frente al planteamiento agonístico de
los románticos, al que sucedió luego el de la lucha de clases
(literarias), Calvino propone un concepto diferente y relajado de la
idea de clásico que se aleja de los cánones y las convenciones para
acercarse decididamente a un acto de elección personal. Calvino se
decanta decididamente por la imagen de una biblioteca personal de
lecturas ligadas a la vida.
“Un clásico es un libro que nunca
termina de decir lo que tiene que decir”.
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